El Escritor de Guardia: Secuestro

eedgHola lectores!

Primero, pido disculpas por no haber colgado ayer la historia! I’m Sorry! y ahora aquí tenemos la historia de nuestro escritor de guardia!! Que la disfrutéis!!

Os recuerdo que el tema era Secuestro

La cabeza me duele a horrores. Abro los ojos lentamente, como si los párpados pesaran toneladas. Apenas veo nada, todo está borroso. Me siento dolorido, cansado, débil. La vista se va habituando poco a poco a una luz sombría y mortecina que me rodea. ¿Dónde estoy?
No puedo moverme. Estoy sentado y puedo notar como el frio suelo toca mis pies. No puedo mover las piernas, están atadas a las patas de una silla. Mis manos también están prisioneras a los reposabrazos de la silla. ¿Qué está pasando aquí? ¿Y Cata?
Mi corazón comienza a acelerarse. Me estoy poniendo nervioso y la respiración comienza a ser más y más rápida. No entiendo nada. Intento liberarme pero no puedo, lo único que consigo es cansarme inútilmente.
Tengo que mantener la calma. Respiro profundo, trato de serenar mi entrecortado respirar. Observo atentamente a los detalles. La silla donde estoy atado es de hierro, parece una pesada silla de esas antiguas con muchos adornos. Parte de los reposabrazos muestran signos de óxido. Si mis piernas no estuviesen atadas tal vez podría ponerme en pie y levantarla. Pero no puedo.
Alzo la cabeza y miro hacia arriba. Un pequeño tragaluz es el que da esa luz tan apagada, y el desgaste provocado por el sol es lo que le confiere ese tono amarillento. Miro al frente y a los lados. No veo más que paredes, paredes de hormigón, llenas de desconchones, grietas y suciedad. No hay duda, estoy en una especie de zulo.
No se escucha ningún ruido. No hay nada más que silencio. Ni ruido de coches, ni de personas, ni de nada. ¿Qué diablos hago yo allí? ¿Me han secuestrado? ¿Por qué? No tengo casi nada, no soy rico, ni tan siquiera tengo familia. ¿Qué rescate piensan pedir? ¿Qué me van a hacer? ¿Qué le habrá pasado a Cata? ¿Conseguiría huir? El miedo comienza a apoderarse de mi ser nuevamente, comienzo a acelerar de nuevo mi respiración y mis latidos. Esto no puede estar pasándome a mí. Yo no he hecho nada.
Se oyen voces. Están lejanas pero se están acercando, cada vez las escucho más cerca. ¿Qué hago? ¿Pido auxilio? ¿Y si son mis secuestradores? ¿Qué hago, dios mío? ¿Qué hago?
Las voces se apagan. Oigo como una puerta se abre detrás de mí. Está claro que no vienen a rescatarme. Escucho cómo se cierra la puerta y alguien se acerca a mí.
– Vaya, nuestro huésped está despierto… ¿Cómo te encuentras, camarada?
Su voz es muy grave y pese a hablar perfectamente el castellano, se nota que no es de aquí, lo delata un fuerte acento a ruso, o al menos a alguien que proviene del este.
– ¿Qué queréis de mí? ¡Yo no he hecho nada! ¡Dejad que me vaya!
Al momento entiendo que mi patético numerito de gallito no va a servirme de nada. El que ha hablado comienza a reír a carcajadas, y enseguida le acompaña en las risas otro hombre más. Se ríen estruendosamente, como cuando alguien cuenta un chiste desternillante. Si lo sé, me quedo callado. Se quedan ahí, detrás de mí, riéndose de mí, mirando cómo agacho la cabeza resignándome. De repente de callan.
– Lo sabrás todo a su debido tiempo. Todo dependerá de ti. Hasta luego, camarada.
Escucho la puerta abrirse para que salgan aquellos dos hombres y luego cómo se cierra tras ellos. Se van alejando mientras ríen y cuchichean. Y allí me quedo nuevamente sólo, sin saber nada. Nada salvo que me han secuestrado. No puedo evitar que una lágrima se escape por mi mejilla. Yo no he hecho nada. Soy una buena persona.

24 horas antes…

– ¡Vamos, cari! ¡Hoy hace un día estupendo para ayudar a alguien!
Me encanta cuando se pone a sonreír de esa manera, cuando se pone a dar saltos por la calle, cuando se pone a gritar que es feliz sin importarle donde se encuentra o quien tiene al lado. Es única.
– Tranquila, mi vida, si el hospital va a seguir ahí cuando lleguemos.
Ahora es cuando agacha un poco la cabeza y me mira por encima de las gafas… Adoro que haga eso. Es como si intentara poner cara de enfadada, pero la realidad es que consigue todo lo contrario. No sabe enfadarse, es todo cariño, bondad y sinceridad.
Aún hoy no puedo creer que haya encontrado a una chica así. Estos tres meses han sido los mejores de mi vida. Ahora sí creo en el destino, o si no, no se entendería que hubiera encontrado a ese ángel de cabellos rubios en un autobús para donar sangre. Sí, yo soy así, intento ser una buena persona y ayudar en lo que puedo, y donar sangre es un buen método para ayudar. Es mi pequeña contribución para echar una mano a este mundo que tanto lo necesita. Soy una persona muy sana, nunca he enfermado, no recuerdo ni haber tenido catarros de pequeño.
Y ahora voy a dar un paso más en esta tarea de ayudar al mundo. Hoy vamos a donar médula ósea. No estaba muy seguro porque me daba algo de miedo, pero Cata me ha convencido de la necesidad tan imperiosa de hacernos donantes. Es un pequeño esfuerzo que puede salvar una vida.
Después de hacernos los correspondientes análisis días atrás, nos llegaron los resultados a casa. Como ya esperaba, todo estaba perfecto, estoy completamente sano y soy un gran candidato a donante. Pero eso no ha sido lo mejor. Lo mejor ha sido ver llegar a casa a Cata, y como ha dejado deslizar sus gafas hasta la punta de su nariz, ha cogido los resultados y con un tono serio cual doctor me ha dicho:
– Señor Don Javier, me temo que sus resultados indican que está usted excelentemente, pero… tiene una rara afección que le impide vivir alejado de su chica…
Y entonces es cuando se echa a reír y se abalanza sobre mí para darme un beso apasionado de los que sólo ella sabe darme. Después se me queda mirando sonriente.
– Bendita enfermedad… – le contestó abrazándola con ternura –
– Le vas a encantar a mi padre… Estoy deseando presentártelo…
– Y yo de conocerlo…
Aparcar en las inmediaciones del hospital es una completa odisea, así que bien aconsejado por mi chica, decido aparcar en los descampados que hay por debajo. No están tan lejos y además no hay que pagar nada. Salimos del coche y una furgoneta se detiene a nuestro lado. Al abrirse la puerta salen varios hombres y se abalanzan sobre mí. Le grito a Cata para que corra, que huya para pedir ayuda, pero noto un pinchazo en la pierna y todo comienza a volverse blanco…no tengo fuerzas para luchar…

Tres meses antes…

Voy a donar sangre todos los meses, y aquel día cuando llegué al bus dona-sangre, allí estaba Cata, aquella rubita con trenzas y ojos azul cielo, comiéndose con una mano el bocata que nos dan, y con la otra presionando la pequeña tirita que cubre el pinchazo.
Creo que me enamoré en aquel mismo instante, y creo que también me ruboricé al pasar al lado de ella. No fui capaz de mirarla, pero en cambio, ella me siguió con la vista hasta que entré en el bus.
No dejé de pensar en aquella chica mientras estuve donando sangre. Pensaba en que tal vez debí decirle algo, aunque fuera para invitarla a tomar un café luego, u otro día, o cuando ella quisiera. Pero no, en cambio no lo hice, me venció mi timidez…
La sorpresa me la llevé yo cuando me dieron el bocata y el refresco y bajé del autobús todo feliz por haber hecho la buena obra del día, y me la encontré de frente, de pie, mirándome con esa sonrisa tan preciosa que parece decir “aquí estoy yo”. Me quedé paralizado, mirándola, esperando que dijera algo. No dijo nada, se limitó a mirarme directamente con esos ojazos grandes y azules. Los segundos comenzaron a detenerse, el tiempo dejó de transcurrir, y no tuve más remedio que decidirme a romper el hielo yo.
– Ho…Hola, ¿Qué tal? – Intenté parecer seguro de mi mismo, pero sin éxito al parecer cuando se echó a reír. Qué hoyuelos tan bonitos se le hacían en el rostro cuando reía –
– Muy bien, gracias. ¿No te estará dando vergüenza, verdad?
– ¿Vergüenza? ¿De qué? – Cuanto más seguro quería aparentar, menos lo conseguía –
– No sé, como te estás poniendo colorado…
– ¿Colorado yo? Es que soy así, ¿sabes?
– Seguro que sí… Te sacan sangre y en vez de ponerte blanquito te pones rojito, ¿no?
¿Se estaba riendo de mí? Realmente no sabía ni entendía nada, me encontraba en una situación que no me esperaba y me estaba superando. Intenté contestar, pero al entreabrir mi boca no salió ni una palabra de ella, me quedé en blanco, allí, de pie, con la boca abierta y con cara de tonto.
– Perdona, de verdad, yo sí que soy así, a veces me paso de graciosa – ahora sonreía mientras intentaba poner cara de penita. No puedo evitar pensar en lo guapa que es ponga la cara que ponga –
– No te preocupes, es que no estoy acostumbrado a que me aborde así una chica tan guapa – ¿de verdad le he dicho eso? ¡Dios! –
– ¿Un piropo? Ahora sí vas por buen camino – ahora vuelve a mostrarme esos preciosos hoyuelos – Me llamo Cata.
– Encantado, yo soy Javi.

Una hora antes…

Despierto de repente al oír un tremendo estruendo. Me he quedado dormido. Escucho a varias personas detrás de mí. Oigo ese estruendo de nuevo. Miro a un lado y veo como una maleta enorme ha levantado el polvo del suelo. Alguien habla. Reconozco la voz de la otra vez.
– ¡Quiero esto completamente limpio antes de una hora!
– No hay problema, señor. No se preocupe.
Intento girar la cabeza para verles. Les grito a voces.
– ¿Qué me vais a hacer? ¿Qué queréis?
– ¡Haced que se calle, no quiero que moleste!
Alguien me coge la cabeza y me pone un trapo en la boca. Me están amordazando para que me calle. No debería haber hablado. Han apretado tanto la mordaza que me está haciendo daño hasta en la mandíbula. Veo que un hombre pasa por mi lado y se coloca frete a mí, poniéndose en cuclillas. Parece mayor, con el pelo blanco, aunque no debe tener más de cincuenta. Se le ve fuerte, muy fuerte. Me está mirando fijamente sin decir nada. Tras unos segundos me dice con voz seria:
– Ahora vas a portarte bien mientras mis chicos limpian tu habitación, ¿vale? Muy pronto sabrás qué quieren de ti.
Comienzo a revolverme en la silla y a intentar gritar con todas mis fuerzas. No pienso quedarme ahí parado sin hacer nada, que no cuenten conmigo para no hacer ruido ni molestar. El peliblanco se incorpora y se dirige en dirección a la puerta. Veo a mi izquierda a un joven que coge un bate de beisbol y lo levanta para golpearme. Me quedo quieto aterrorizado y cierro los ojos para encajar el golpe como buenamente pueda. Alguien grita detrás de mí.
– ¡Quieto! ¡No le toquéis ni un pelo! ¡No podemos hacerle ningún daño! ¡No puede pasarle lo que al otro!
Es el peliblanco el que ha hablado. El bestia del bate se aleja y asiente con la cabeza dando a entender que ha comprendido la orden.
– Dormidle – dice mientras se va cerrando de un portazo –
De repente noto un pinchazo en el hombro. Los párpados comienzan a pesar demasiado, no puedo sostener ni mi cabeza y la vista se está volviendo de color blanco…

Ahora…

Abro los ojos nuevamente. Me duele la cabeza y no veo demasiado bien. Puedo notar que ya no estoy en la silla. Estoy tumbado boca arriba. Pero sí siento que sigo atado de pies y manos, y amordazado también.
Comienzo a recuperar la vista. Mi cabeza está recostada sobre el lado izquierdo. Hay otra cama al lado. ¿Cata? Miro atentamente. Respiro aliviado, no es ella, es un hombre mayor, un anciano con una mascarilla de oxigeno. El anciano gira la cabeza y me mira. Pese a la mascarilla puedo notar que me está sonriendo. ¿Quién es ese hombre? No lo conozco. ¿Por qué lo tienen aquí también? No entiendo nada.
Miro más allá de la cama del anciano. Reconozco la pared de mi celda, y también al peliblanco, que se levanta de la silla donde estaba sentado y se acerca a la cama del anciano. Me mira atentamente.
– ¿Quieres saber por qué estás aquí? – Me pregunta y yo asiento con la cabeza – Estás aquí por él – dice señalando al anciano – Está enfermo, tiene una de esas enfermedades que llamáis “raras” y sólo puede vivir gracias a un tipo de sangre muy poco usual, un tipo de sangre que sana a quien la recibe. Un tipo de sangre como la tuya…
Miro al anciano y compruebo que él no está atado, a él no lo tienen retenido, ¡no está secuestrado como yo! Observo que tiene una vía con un tubo que va hasta una máquina que hay a los pies de su cama, y observo con horror que de la máquina sale otro tubo que está conectado a mi brazo.
– Necesita una transfusión cada 15 días. Le da la vida, recupera las fuerzas y puede seguir haciendo todo lo que quiere. Y tú eres su regalo. Te quedarás aquí mientras el jefe viva o tú mueras, y nos encargaremos de que ninguna de las opciones ocurra en mucho, mucho tiempo.
Veo como sonríe con maldad. Estoy aterrorizado. Moriré ahí encerrado, sólo, usado como un trozo de carne del que ordeñar sangre. Y todo por ser un chico sano… Maldita suerte la mía. Cierro los ojos y comienzo a llorar, hasta que otra voz llama mi atención:
– Te dije que le encantarías a mi padre…

††† THE END †††

  7 comments for “El Escritor de Guardia: Secuestro

  1. rivezen
    9 marzo, 2014 at 8:16 pm

    Creo que es un buen escrito y esperemos los siguientes

  2. 9 marzo, 2014 at 9:59 pm

    ¡¡UAAAAAAAAAAAH!! ¡¡Los pelos de punta!!
    Qué final… M’ancantao Fran

  3. Diana
    10 marzo, 2014 at 2:27 am

    Woooooow! simplemente impresionante, me mantuviste con los nervios todo el tiempo, me encanto^^
    Besos!!

  4. 10 marzo, 2014 at 1:04 pm

    Madre mía Fraaan!!! No deajas de sorprenderme! Cada día estoy más convencido que vas a ser muuuuuy grande!!!

  5. 11 marzo, 2014 at 12:13 pm

    Pero qué pelotas… je,je
    :p
    Gracias por tanto halago… Os quiero…!!! 😉

  6. Sara I. R.
    11 marzo, 2014 at 3:41 pm

    Increible!!!! 😀 Me has tenido en vilo de principio a fín. Eres un gran escritor Fran.

  7. Pili
    18 marzo, 2014 at 9:57 am

    ualaaaaaaaaaaaa impresionanteee!!!! increible final…comparto plenamente los comentarios que haveis echo!! pelos de punta, alma en vilo…que crack de verdad

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