El Escritor de Guardia: Lo que la lluvia esconde

eedgHola lectores!

Pues aquí tenemos la primera historia de nuestro escritor de guardia!! Que la disfrutéis!!

Os recuerdo que el tema era Lluvia pero esta vez, viene con sorpresa para @Meri86

Lo que la lluvia esconde

– ¡Odio ese maldito lugar perdido en ninguna parte! ¿Por qué tenemos que ir? ¿Por qué no hacemos como todos los años? ¡Que vengan ellos!
– Vamos, Dani, ¿has cogido todo lo que necesitas?
«Nunca entenderé la razón de por qué nunca me escuchan cuando hablo, es como si fuera invisible, o mucho peor, como si no existiera. O quizás únicamente es que pasan de mí.»
– ¡Pero mamá!
– Te lo he dicho mil veces ya, Dani, los abuelos están enfermos y no les vamos a permitir que hagan un viaje tan largo. Este año pasaremos las navidades en el pueblo. Y punto.
– ¡Yo no quiero ir! Mis amigos se quedan todos aquí, ¿por qué no puedo quedarme con la tía Irene?
– Claro, lo que tú quieras. Nos vamos en 5 minutos, ¿estás listo? Antes te gustaba ir al pueblo a ver a tus abuelos. Te lo pasabas muy bien en las vacaciones.
– Antes era un niño, mamá. Hace años que no voy al pueblo, ¿recuerdas?
– Si estás listo, sube, que nos vamos. No hagas enfadar a tu padre.
No tuvo más remedio que subir al coche. No porque su padre se enfadara, claro que no, estaba seguro de que a su padre tampoco le hacía mucha gracia eso de ir a aburrirse y a pasar frio a aquel pueblecito olvidado. Tenía que ir porque sí, y nada más que hablar.
Casi seis horas de viaje por carretera, de las cuales, las dos últimas eran una auténtica pesadilla llena de curvas, baches, zonas sin asfaltar, caminos estrechos, y dios sabe cuántas adversidades más. ¿He dicho cómo se llama el pueblo? ¿No? Pues ese bonito pueblecito al que se dirigían a pasar las vacaciones navideñas se llama “Cántaro Alto”, un minúsculo rincón del mundo donde todas las calles están adoquinadas y las casas están hechas de piedra, son enormes y tienen los tejados de pizarra. Muy bonito de ver… pero en fotos… Por lo demás, no había nada de interés, unos cuantos viejecitos, un bar de pueblo triste y sombrío, un par de tiendas, una iglesia y una escuela primaria con cuatro o cinco niños a lo sumo, y mucho, mucho campo.

La noche comenzaba a caer y aquel camino parecía no llegar a su fin. Para colmo el cielo se había encapotado y conseguía que pareciese más tarde de lo que era. «Y ahora… comienza a llover… ¡lo que faltaba!»
El coche transitaba por un tramo de carretera sin asfaltar, lo que no tardó en convertirse en un barrizal y el coche familiar acabó atascándose en una de las curvas. Las ruedas patinaban y el coche no se movía. Ni hacia adelante ni hacia atrás…
– Vamos, Dani, tienes que ayudarme a empujar, mamá se pondrá al volante.
– Sí, hombre, con la que está cayendo… Yo conduzco…
– ¿tienes el carnet? ¿No? Pues entonces sal y empuja.
– ¿Va en serio? Está lloviendo a cántaros… nunca mejor dicho – sonreía irónicamente –
– ¿Ahora te da miedo cuatro gotitas de nada? Vamos, será un momento, y ya estamos cerca del pueblo.
– ¡Odio este pueblo!
Bajó a regañadientes, y no eran cuatro gotitas… Eran miles de gotitas… Y no eran gotitas… Eran gotas enormes que no tardaron en empapar la ropa de los valientes hombres… Comenzaron a empujar mientras la madre iba acelerando poco a poco. Tuvieron que hacer mucha fuerza para empujar, pero el coche se libró de su trampa de barro y salió disparado, con la mala fortuna de que Dani perdió su punto de apoyo y cayó a plomo sobre el barrizal. Ahora estaba empapado y embarrado, y encima, cuando miró hacia su padre, éste estaba riendo a carcajadas.
– Vamos, Dani, levanta, no es hora de jugar. Sube al coche y no manches nada. – le dijo intentando disimular la risa –
– Muy gracioso, papá.
Subió sacudiéndose el barro que pudo y se sentó en el asiento de atrás. Su madre volvió la cabeza hacia él y no dijo nada, tan sólo sonrió, tan sólo dejó escapar una risita.
– Pronto llegaremos, hijo, y podrás cambiarte y calentarte en la chimenea de los abuelos.
– ¡Ja!
Dani veía como sus padres se miraban e intentaban disimular la risa, y pensaba que ojalá les hubiera pasado a ellos. Detestaba aquel lugar, iban a ser las peores navidades de su vida, estaba casi seguro. En un pueblo casi vacío, sin cobertura para el móvil, sin la playstation, sin internet, y encima el hombre del tiempo había dicho que llovería casi todos los días. «Genial»
Al fin llegaron al pueblo, a casa de sus abuelos, un enorme caserón de dos plantas situado en el centro del pueblo, junto a una pequeña plaza donde se hacían las fiestas del pueblo en verano. Aparcaron frente a la casa. La abuela Ángeles salió a recibirles con un paraguas mientras les instaba a que entraran rápidamente. Dani y su padre cogieron las maletas y se dieron prisa para entrar.
– ¡Pero Dani! ¿Qué te ha pasado, hijo? – preguntó la abuela mientras le retorcía los mofletes y los dirigía hacia el salón.
– El coche se atascó, abuela.
Eso también lo odiaba. Esa manía de los mofletes no le gustaba cuando era pequeño, y menos le gustaba ahora.
El abuelo estaba sentado en su vieja mecedora junto al fuego, observaba la escena con total atención y esperó a que terminaran de hablar y se percataran de su presencia.
– Hola, hijos. Perdonad que no me levante, pero llevo unos días algo pachucho. ¿Cómo fue el viaje? Veo que se os atascó el coche, ¿eh?
– Bueno, un problemita de nada. Dani se ha llevado la peor parte – dijo el padre –
– Hola, abuelo.
– Ven y dale un beso a tu abuelo, anda.
Dani se acercó a su abuelo y le dio dos besos en las mejillas. No lo recordaba tan débil ni tan viejo. Se notaba que estaba enfermo. Dani lo recordaba como un anciano fuerte que siempre estaba haciendo cosas. No pensaba que cinco o seis años le cambiarían tanto.
– Estás hecho todo un hombre ya, ¿eh? Estás casi tan grande como tu padre. Anda, ve, lávate, te cambias y te vienes junto a la chimenea a calentarte, o te resfriarás.
Su madre le indicó que subiese arriba, a la cámara, como le llamaban a las habitaciones de la segunda planta. Cogió su macuto y subió las escaleras. Recordaba perfectamente aquellas habitaciones, recordaba que la “suya” era la del fondo, la más pequeña. Una vieja cama con un colchón tupido hecho a mano y relleno de trocitos de gomaespuma, donde una vez que te acuestas, ruedas hacia el centro y te quedas encajonado. O al menos eso recordaba. Un armario aún más viejo y un gran baúl completaban el mobiliario de la habitación.
Se lavó y se cambió rápido. Cuando bajó ya tenían puesta la mesa y estaban todos sentados alrededor de ella. Su abuelo le había guardado un sitio a su lado.
La cena fue bastante aburrida, los padres de Dani y su abuela hablando y hablando sin parar, contando todo lo que había pasado en todos esos años atrás, y su abuelo asintiendo de vez en cuando pero con un estado como ausente. Cuando terminaron de cenar, todos se fueron a sus habitaciones, todos salvo Dani y su abuelo. Los dos se quedaron junto a la chimenea, en silencio, viendo crepitar las llamas sobre los troncos que ardían lentamente. Después de un buen rato sin decirse nada, Dani tomó la iniciativa:
– Abuelo, ¿qué te pasa? No eras así.
El abuelo giró su cabeza y sonrió a Dani mientras lo miraba fijamente.
– Que me hago viejo, Dani. Ya he vivido casi todo lo que tenía que vivir. Mis aventuras se han acabado. Tan sólo me queda la última aventura…
– No digas eso, abuelo, seguro que aún te quedan aventuras por vivir.
– No lo creo, Dani. Anda, vete a dormir, que es muy tarde.
Dani se levantó de la silla y se dirigió a las escaleras. Subió un peldaño y se giró hacia su abuelo. Seguí allí, sentado en su butaca y mirando al fuego.
– Hasta mañana, abuelo.
– Hasta mañana, Dani.
Seguía lloviendo. Desde el calor que le proporcionaban las mantas y aquel colchón embriagador, escuchaba el repiqueteo de las gotas al estrellarse contra el techo de pizarra, y podía oír el agua correr por las calles adoquinadas. Miró hacia la ventana. La tenue luz de la luna era suficiente para ver resbalar las gotas sobre el cristal. Y entonces vio aquella luz brillante, aquel punto luminoso que se movía por la calle a gran velocidad, de un lado a otro. «Una luciérnaga… Creo que es la primera vez que veo una de verdad.» La luz se marchó a medida que sus párpados, vencidos por el cansancio, se fueron cerrando poco a poco… mientras la lluvia seguía con su concierto…

La mañana amaneció con el cielo cubierto de nubes negras, amenazando con seguir con la lluvia. Bajó al salón, sólo estaba su abuela.
– Buenos días, Dani. Te hago un vaso de leche y unas tostadas y desayunas.
– Buenos días, abuela. ¿Dónde están todos?
– Han ido al pueblo de al lado, a llevar a tu abuelo al médico.
– ¿Al abuelo? ¿Qué le pasa al abuelo?
– No te preocupes, hoy tenía revisión, y ya que están tus padres aquí, no hay que molestar a los vecinos.
Dani se quedó un poco más tranquilo. Desayunó y le dijo a su abuela que iba a salir a dar una vuelta. Su abuela sonrió y asintió con la cabeza mientras se quedaba fregando los cacharros.
Aún recordaba la vieja vereda que bajaba hasta el rio. Antes siempre bajaba para pescar ranas en la orillas, aunque claro, en verano bajaba menos agua y era más fácil, pero aún así, buscó un trozo de caña puntiaguda y se decidió a buscar a sus presas. Comenzó a andar rio arriba por las piedras de la orilla, hasta que localizó a su primera víctima. Se detuvo y alzó su lanza improvisada, pero una voz lo detuvo.
– ¿Qué te ha hecho esa rana?
Dani se quedó inmóvil, y entonces vio en el agua el reflejo de una persona, de una chica, y se volvió hacia ella.
– No es justo, la rana no puede defenderse – volvió a decirle –

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Dani se quedó sin palabras. Allí estaba la dueña de aquella voz tan dulce, una preciosa chica de pelo largo y castaño con los ojos de color miel y una naricita que de tan poca cosa, parecía una guinda. Sus carrillos estaban sonrosados por el frio y sonreía de una forma casi hipnotizadora.
– No creo que hubiese acertado. Ya no tengo la puntería de antes.
– Pero ibas a intentarlo…
– Sí, ¿y…?
– Nada, que no lo veo justo para la rana.
– Muchas cosas no son justas en este mundo pero hay que aguantarlas…
La chica lo miraba fijamente. Dani hizo lo mismo. Aguantaron la mirada todo lo que pudieron.
– En el fondo eres un buen chico. Me llamo Meri, ¿y tú?
– eeee…yo me llamo Dani.
– Encantada de conocerte, Dani. ¿Eres de aquí?
– No, que va, soy de Lleida, he venido porque mis padres me han obligado.
– ¿Tus padres son de aquí?
– Mis abuelos.
– Santiago y Lucía… ¿verdad?
– ¿Conoces a mis abuelos? – preguntó sorprendido –
– Claro que sí. Yo paso todas las navidades aquí y siempre están hablando de su nieto Daniel.
– ¿Tampoco vives aquí?
– ¿En el pueblo? No, yo vivo cerca, pero paso bastante tiempo aquí. Me gusta este lugar. – ¿Te gusta esto? No me lo puedo creer…
– Claro que me gusta, aquí todo es bello y la magia recorre todos los rincones.
– Pues mira que bien, oye… – dijo de forma un tanto maleducada –
– No me creas si no quieres, pero es verdad. Hasta luego, Dani.
– Hasta luego, Meri. – Menuda confianza había cogido, pensó Dani –
Observó como la chica se alejaba por la vereda hasta desaparecer de su vista. Miró su lanza. Se le habían pasado las ganas de pescar ranas. La dejó caer al rio y se quedó mirando cómo era arrastrada por la corriente. Decidió volver a casa de los abuelos,
Sus padres y su abuelo regresaron poco antes del almuerzo. No traían noticias relevantes, había sido una revisión periódica nada más. No es que hablaran mucho de lo que aquejaba al abuelo, pero siempre se escapaba algún que otro «y qué queremos… es muy mayor ya…» Dani miraba a su abuelo y no sólo veía un viejecito, veía a alguien que había perdido el brillo de sus ojos, alguien con la mirada moribunda, sin ilusión. Y eso entristecía a Dani.
La tarde transcurrió muy tranquila, estuvo paseando con sus padres por el pueblo mientras éstos le contaban anécdotas de antes. Dani no les prestaba demasiada atención, únicamente pensaba en su abuelo, y en aquella chica, en Meri.
El paseo acabó cuando comenzó a llover de nuevo. Y no cesó la lluvia hasta que todos estuvieron en la cama, incluso su abuelo, que no se encontraba bien y que se fue a dormir el primero.
Sobre la medianoche dejó de llover. Dani miraba hacia la ventana cuando de pronto volvió a ver aquella brillante luz de la noche anterior. Otra vez se movió en zigzag, muy rápida, y nuevamente desapareció de repente. Y en el silencio de la noche oyó a alguien susurrar su nombre… Dani… Dani… Venía de la calle, se levantó de la cama y se asomó por la ventana. La sorpresa fue mayúscula cuando vio quién era. Era Meri. Estaba bajo su ventana, mirando hacia arriba, con un gorrito de lana con pompones y una sonrisa de oreja a oreja.
– Vamos, baja ya… y abrígate que hace frio.
– ¿Qué baje? ¿Tú estás loca? ¿Has visto la hora que es? Y va a llover… No pienso moverme de aquí…
– Vamos… ¡¡Cobardica de ciudad!!
Nadie le llamaba cobarde en la cara, y menos aún una chica…
– Dame un minuto y bajo.
Se vistió rápido, cogió sus guantes de lana y el paraguas y bajó de puntillas intentando hacer el menor ruido posible, y salió a la calle.
– Venga, vamos – cogió de la mano a Dani y fue tirando de él hasta llegar a un pequeño mirador que había en lo más alto del pueblo. –
– ¿Qué hacemos aquí? – Preguntó Dani – Estás como una cabra, ¿lo sabes?
– Calla y mira – dijo señalando con su dedo hacia el cielo.
Dani miró arriba. De forma inexplicable no había ni una sola nube, el cielo estaba extrañamente despejado y las estrellas relucían tan brillantes que parecían querer abandonar su manto negro… Y vio una estrella fugaz. Y luego otra, y otra más… Era la primera vez que veía una lluvia de estrellas. Meri lo miraba y sonreía.
– ¿Crees en la magia? – le preguntó alegremente –
– ¿Qué?
– Que si crees en lo de pedir deseos a las estrellas fugaces…
– Eso son tonterías para niños.
– La magia existe si crees de corazón en ella.
– Claro, lo que tú digas… Mira, esto es muy bonito, pero es tarde, mi abuelo está enfermo y yo estoy cansado. ¿Te importa si volvemos a casa?
– Claro que no. Sólo quería mostrarte que sí hay cosas bonitas en este lugar…
Otra vez aquella sonrisa hipnotizadora. Claro que había cosas hermosas en aquel lugar. Ella, por ejemplo. Se sorprendió a sí mismo mirándola de otra forma… y se ruborizó.
Bajaron caminando sin decirse nada hasta que llegaron a la puerta de la casa. Dani arrancó:
– Bueno, que gracias por este pas…
No pudo terminar la frase porque Meri se pegó a él y le besó tiernamente en los labios haciendo que la frase muriese en el acto…
Fueron unos segundos que a Dani le parecieron una vida entera. Su primer beso, y se lo había dado aquella desconocida.
Meri lo miró a los ojos, sonrió de nuevo y dio media vuelta. Se alejó caminando mientras silbaba una cancioncilla que a Dani le resultaba familiar.
Se quedó ahí, absorto, sin ser capaz de articular palabra. No comprendía nada de nada. Entró en la casa y subió a la habitación. Se asomó por la ventana. Ya no había nadie y comenzó a llover de nuevo. Se metió en la cama mientras su corazón era un torbellino de sentimientos.
Escuchó pasos por el pasillo, pasos que venían lentamente hacia su habitación. Se quedó mirando a la puerta, y está se abrió lentamente dejando aparecer a su abuelo.
– Abuelo, ¿estás bien?
– Si, Dani, estoy muy bien – dijo mientras se sentaba con dificultad a los pies de la cama. –
– ¿Qué pasa, abuelo?
– Dani… ¿crees en la magia?
– ¿A qué viene esa pregunta, abuelo?
– Dani… ¿crees en las Hadas?
– Abuelo, en serio. ¿Estás bien?
– Mira en lo más profundo de tu corazón y contesta, Dani.
Dani se quedó pensando un instante. Su cabeza le decía que su abuelo había perdido la cordura, pero por alguna razón su corazón creía en la magia…
– Sí creo en la magia, abuelo.
– Lo sabía. Es algo que siempre ha pasado y siempre pasará en nuestra familia. Es algo que se transmite de abuelos a nietos.
– ¿El qué, abuelo?
– Nuestros ángeles de la guarda. Dani, mi hora ha llegado. Ahora te toca a ti vivir tu vida, llenarla de aventuras y esperar a tu futuro nieto para cederle el testigo.
– No entiendo por qué me dices esto, abuelo. Yo no quiero que te vayas – una lágrima resbalaba por la mejilla del chico –
– Siempre estaré contigo, siempre seré parte de la magia. En tu Hada me verás siempre. No quiero que mañana estés triste. No lo estés, Dani.
– Pero, abuelo…
El abuelo se levantó y se inclinó sobre Dani para darle un beso en la frente. Después le susurró al oído…
– Hoy has conocido a tu Hada…
Y salió de la habitación sonriendo y cerrando la puerta lentamente. Lo escuchó alejarse por el pasillo hasta que el silencio se adueñó de la habitación.
Al poco volvió a aparecer la brillante luz a través de la ventana. Esta vez se levantó a mirar. La luz se movía muy rápida de un lado a otro, hasta que se detuvo frente a Dani. Y la vio. Y comprendió.
Tenía frente a él a una hermosa criatura, pequeña, grácil, de piel tenue, con unas preciosas alas brillantes, el pelo largo y castaño con los ojos de color miel y una naricita que de tan poca cosa, parecía una guinda. Sus carrillos estaban sonrosados por el frio y sonreía de una forma casi hipnotizadora. Era Meri. Su ángel. Su Hada.
Su Meri sonrió, se giró y se marchó volando hasta que la luz se hizo imperceptible.
Y Dani durmió… feliz…

A los abuelos…
A la Magia…
A las Hadas…

The End

 

  19 comments for “El Escritor de Guardia: Lo que la lluvia esconde

  1. 25 enero, 2014 at 11:54 am

    Preciosa! De verdad! Eres un detallista!! Me he emocionado y todo!!

  2. 25 enero, 2014 at 11:57 am

    Ay… si es que eres un sol…!!!

  3. 25 enero, 2014 at 12:41 pm

    Un cuento muy bonito. Yo también creo en la Magia.

    • 26 enero, 2014 at 10:20 am

      La magia existe… lo único que no siempre la vemos… 😉

  4. 25 enero, 2014 at 4:31 pm

    ¿Qué esperar de mi escritor favorito? Pues esto, que siempre me sorprenda con algo mejor de lo que ya me esperaba.

    • 26 enero, 2014 at 10:14 am

      Ains… cada vez que dices lo de tu escritor favorito…me sonrojo… 😉

  5. Meri86
    25 enero, 2014 at 7:40 pm

    Sabés qué Fran? Me has dejado sin palabras… Es una historia preciosa, no me a gustado, me a encantado!! Me emocionado un montón! Que manera de llorar… Antes ya lo entendía, pero ahora lo entiendo 100% ,cuando Irene decía que eras una persona muy especial! Te doy las gracias de todo corazón por dedicar este momento a escribirme una historia tan bonita. Me has echo sentir muy especial, nunca en mi vida, nadie me a dedicado una historia y no solo eso sino que he formado parte de ella! Era una hada y que hada tan preciosa! Enserio no se como decírtelo y no me cansare de repetirlo 1000 gracias! 😀
    P.D Tengo unas cajas en mi casa, en las cuales guardo todos mis recuerdos y las cosas especiales, ten en cuenta, que está historia y dibujo me los imprimiré y formaran parte de mi vida, ya que cada vez que abriré la caja recordare este bonito detalle tuyo!

    • 26 enero, 2014 at 10:12 am

      Qué mensaje tan bonito…leñe…!!! O.O

    • 26 enero, 2014 at 10:13 am

      Tú sí que me has dejado sin palabras… las gracias os las tengo que dar yo… O.O

  6. Diana
    25 enero, 2014 at 10:34 pm

    WOW sin palabras, la historia es maravillosa!! me encanto =D

  7. Saki
    26 enero, 2014 at 3:58 am

    Tan linda :3
    Me sorprende la rapidez con que escribes estas cosas xD.

    • 26 enero, 2014 at 10:23 am

      Gracias…!!! Pues empecé a darle vueltas unos días antes de que saliera el tema… todo hacia indicar que fuera la lluvia… y ya que Meri insistía con las hadas… pues decidí unir las dos…je,je 😉

  8. Sandri
    26 enero, 2014 at 12:01 pm

    Que maravilla de historia…

  9. 26 enero, 2014 at 7:26 pm

    Qué bonita y tierna… me ha encantado *-*

  10. Pili
    26 enero, 2014 at 10:28 pm

    Que historia más dulce y tierna, me ha encantado, tienes una sensibilidad increíble. El dibujo es precioso, ¿lo has hecho tu verdad? Vamos polifacético total jejeje . Meri eres una encantadora hada con una sonrisa hipnotizadora, tanto en la historia como en persona ;D

    • 27 enero, 2014 at 11:01 am

      Pero qué cosas más bonita me decís… Me alegro que os haya gustado… Gracias por leerla…
      😉

  11. Jéssica VM
    27 enero, 2014 at 12:21 am

    Muy bonitaaa!! Aunque me da penita el abuelo :)

  12. Meri86
    27 enero, 2014 at 11:15 am

    jejejejejeje Gracias Pili! Sonreír y ser feliz es el máximo objetivo de la vida! Y leyendo estas historias, más feliz aún! jejeje

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