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Historias de fin de semana – La Historia Completa

Hola lectores!

Os comunico que la Historia de Fin de Semana que estaba activa ha sido terminada. Espero que os guste:

5o2013

Amor al trabajo

¿Alguna vez habéis asesinado a alguien? Probablemente no, y si es que sí, os felicito, ya sabéis lo que se siente. No todo el mundo es capaz de describir esa sensación, y menos aún el que no lo ha sentido. Me llamo Raúl, Raúl Alero, y soy un asesino a sueldo en mis ratos libres, sobre todo en fines de semana. Cualquiera puede contratar mis servicios, pero como norma general trabajo para familias poderosas. Soy muy bueno, y no soy nada barato. Llevo una vida normal. Trabajo en lo que me gusta. Y seamos sinceros, hoy día pocos pueden decir que trabajan y cobran por hacer lo que les apasiona. Pues bien, yo sí puedo decirlo. No piensen que soy un ser malévolo. Nada más alejado de esa apreciación. Repito: Sólo es un trabajo extra, nada más. ¡Basta! Otra vez pensando en tonterías… Ya lo tengo a tiro…

…le tenía a tiro… estaba listo para disparar… solo apretar el gatillo… y, sin embargo, se estaba cuestionando el por qué tenía esa extraña sensación, nunca antes la había sentido y no tenía una explicación de por qué, de repente, sentía eso que no podía explicarse ni siquiera a sí mismo.
Ya estaba otra vez distrayéndose, “estoy a una distancia relativamente cercana, debo tener cuidado de que no me descubran y debo ser rápido para no perder mi oportunidad, así que ya vale de tonterías y distracciones” lo tenía por fin decidido, iba a disparar; Coloca el dedo sobre el gatillo justo cuando una mujer se acerca a su objetivo, lo que le hace apartar el dedo rápidamente, porque, si bien él ama su trabajo, también tiene sus normas y límites, entre ellos está disparar a personas contra las que no tiene nada y además no han sido fijados como objetivos.
Observa desde la distancia, la mujer le entrega… ¿un sonajero? eso no tiene sentido hasta que, tras unos minutos, una mujer que parece bastante arisca con él, le lleva un carrito con un niño pequeño dormido. El niño no debe de tener más de 1 añito.
Entonces, y sin saber cómo, todo cobra sentido en su cabeza.
Esa sensación anterior era culpa.
Entonces el hombre le entrega el sonajero a la mujer arisca y el carrito con el niño a la otra mujer; coge del brazo a esta última y la obliga a entrar en la casa.

Historias de fin de semana

10a2013 

Estaba allí, tendida en el suelo. Muerta. Había sangre por doquier. No podía creer que unas horas antes estaba haciendo el amor con ella. ¿Como había llegado a esa situación? ¿Realmente la había matado él? ¿Y, si era así, porque no se acordaba de nada? Corrió hacia la otra habitación, cogió el teléfono y se dispuso a llamar a la policía para denunciar su terrible asesinato. De pronto, una sombra emergió de la nada y sintió un fuerte golpe en la cabeza.

Dos asesinatos en una misma noche. No era algo que tuviese previsto, pero a veces las circunstancias las va marcando el destino. Si él no hubiese vuelto al apartamento, no estaría ahora mismo tumbado en el suelo con el cráneo reventado.

Tenía que contener los nervios a pesar de desviarme del plan previsto. Aún debía buscar lo único que podía relacionarme con ella. No tenía tiempo. Debía ser rápido. Empecé a ir por todas y cada una de las habitaciones buscándola. Cuando ya había perdido toda esperanza miré hacia la entrada y colgado de un soporte metálico, allí estaba su bolso. Rápidamente descargué su contenido por el suelo. Entre un numerosos objetos, se encontraba su billetera y al abrirla respiré con tranquilidad. Por fin tenía la maldita tarjeta de visita de mi consulta entre sus manos.

“Fue una enorme suerte que recordara que al salir de la consulta había cogido una tarjeta del mostrador de la entrada, se había girado hacia mí y sonriendo me dijera «Así seguro que no te escapas de mí…»

Pobre. No sabía lo que le esperaba. No sabía que acababa de convertirse en la elegida.

En apenas un par de minutos ya había hecho méritos suficientes para ser la siguiente, y eso sin contar la sorpresa que me esperaba cuando me colé a esperarla en su casa.

Cuando el ruido de un coche se acercaba y los potentes faros iluminaron la puerta de entrada, entonces vi que no venía sola  y tal como me dijo, su marido estaba, como de costumbre, de viaje de negocios. No había dudas: se merecía lo que le iba a pasar.

Únicamente hubo que esperar más de lo planificado. Lo de su joven amante si que me cogió por sorpresa.

Solucionado el problema de la tarjeta, ahora tenía que deshacerme del cadáver del chico. Si lo dejase ahí rompería mi orden. No pinta nada un hombre muerto en la obra de un asesino en serie de mujeres.

Volví al coche y abrí el maletero. Cogí el rollo de embalar y volví a la casa. No fue difícil empaquetar al muchacho, no tanto como llevarlo en peso hasta el maletero.

El puente sobre el río me cogía de paso. Tampoco fue difícil.Hora de regresar a casa. Mañana hay que madrugar. Volvió a pensar en aquella mujer…

Quería el divorcio, dijo. Ja…!! “

Fin
Participantes

Irene de Mi rincón de los libros (tarjeta de visita)

EveyMorgan de Capítulo 26 (maletero)

Fran Cazorla de El Reloj

Historias de Fin de Semana

27j2013

Historias de fin de semana

“Liversville era un pueblo pequeño y tranquilo de no más de trescientos habitantes. Estaba situado encima de una pequeña colina en una pradera que se extendía kilómetros y kilómetros. Disponía de un pequeño aeropuerto, en el cual, una vez al mes, llegaba una especie de avión cargado de suministros para que sus habitantes dispusieran de lo esencial para vivir.

Desde tiempos antiguos, a cada familia se le había asignado un género, masculino o femenino. Eso significaba que debían traer al mundo un hijo de ese género y en el momento que lo tuvieran no podrían tener más. Ese hijo o hija, sería el único que llegaría a ser adulto. Así, había familias que tenían tres hijos varones y una hija, otras que sólo tenían un hijo varón.

Era 27 de Julio 3013, y como cada año, en Liversville, se celebraba el día de los niños.  El día de los niños era el acontecimiento más esperado del año; todos los habitantes se reunían en la plaza Setmor, ubicada justo en el punto más alto de la colina y durante todo el día se hacían actividades en las que cada familia formaba un equipo.  Llegada la noche, todos los niños que ese año cumplían los siete y aquellas familias que no habían logrado su cometido, se sentaban en círculos en medio de la plaza y esperaban su “pag-akyat”, el resto de la gente volvía a su casa.

Mina tenía diecinueve años, y estaba observando como su primo se sentaba en medio de la plaza cuando vio una nube negra que se aproximaba al pueblo…”

“Adoraba que lloviera, pero sabía que la fiesta del día de los niños no podría realizarse en la plaza si había tormenta: tendrían que buscar remanso.

Mina siguió observando a Alan, que hablaba felizmente con sus amigos antes de las actividades. Justo cuando una sonrisa empezaba a dibujarse en la cara de la joven, notó como la primera gota de lluvia resbalaba por su frente. Los habitantes del pueblo también se dieron cuenta de que estaba comenzando a llover, y fueron a buscar a sus hijos para refugiarse del chaparrón que se avecinaba, a pesar de que los niños estaban decididos a no detener sus juegos por mucho que se mojaran. Mina tampoco quería estar bajo el aguacero, así que se dirigió a donde estaba su primo que, tras resistirse un poco, la cogió de la mano y la siguió sin rechistar. Ya sabía hacia dónde se dirigía ella, y ese sitio era su favorito en el mundo.

La cueva estaba relativamente cerca, pero eso no impidió que ambos llegaran allí empapados de pies a cabeza. Cuando entraron al lugar, con el que estaban tan familiarizados, se sentaron en el suelo y se quitaron los zapatos.

-Siento que el día de los niños se haya estropeado -dijo Mina mientras se despojaba de la fina chaqueta verde que había elegido para la ocasión.- Sé que tenías muchas ganas participar en las actividades.

-No pasa nada -respondió Alan.- El próximo año será.

Acto seguido, el crío se levantó y empezó a sacudirse el pelo mojado, salpicando a su prima. Mina se rió y cogió un calcetín húmedo para lanzárselo en venganza, pero frenó en seco en cuanto vio la expresión pensativa del chiquillo. Sea lo que fuera lo que se le pasaba por la cabeza, estaba claro que Alan trataba de decidir cómo expresarlo.

-Dentro de poco os asignarán un género a Vincent y a ti. ¿Qué prefieres que te toque, niño o niña?

Mina se quedó perpleja. Vaya, eso sí que no se lo esperaba. El hecho de que gente externa eligiera así sobre su vida era algo que había tratado de olvidar, en especial ahora que se acercaba la fecha en la que se decidiría su futuro… y el de sus hijos.

-Bueno, al fin y al cabo da igual lo que yo quiera, ¿no? Van a determinar si debo tener mujeres o varones, y no puedo hacer nada al respecto.”

Mina se quedó pensativa, aquello era algo sobre lo que había decidido no pensar: Liversville siempre había funcionado de aquella manera y, aunque no era una idea que le agradara, no podía hacer nada en contra del sistema que organizaba la ciudad. Se había resignado a ello: todos los habitantes seguían las normas y parecían felices.

– ¿Recuerdas a Maggie? – dijo Alan, sacándola de sus cavilaciones.

– ¿Maggie?

– Sí, Maggie Ford. Era un año mayor que yo, vivía justo enfrente de casa – aguardó unos minutos, esperando que su prima recordara a la pequeña de ojos azules y larga cabellera negra; pero no dio muestras de ello – Sí, ¡haz memoria! Hace dos años, viniste de visita a casa. Fuimos a jugar con ella a los columpios del jardín de detrás, Maggie se tropezó y se rasgó la rodilla manchándose el vestido de sangre, y tú…

– Yo le curé la herida en la fuente y le regalé uno de mis vestidos porque le daba vergüenza ir hasta casa con la ropa sucia. – Mina la recordaba: era una niñita de 6 años espabilada y, aunque algo tímida, muy cariñosa. Se había manchado su impoluto vestido blanco y lloró más por habérselo ensuciado, que por su herida. – Era encantadora, ¿por qué me hablas de ella?

– Sus padres tenían asignado un varón, pero la tuvieron a ella. – Mina no dijo nada. Sabía que las familias que no cumplían con su cometido, eran castigadas, pero no se sabía cual era su penitencia: aquél era el mayor secreto de la organización, y nadie se atrevía a preguntar al respecto. Les era suficiente con saber que, si no cumplían tu asignación, debían asumir las consecuencias. Aguardó a que su primo prosiguiera. Miraba al suelo, pensativo y, tras esperar unos segundos, prosiguió – Hace justamente un año, cuando cumplió los 7, en la fiesta de los niños…. – se le quebró la voz y, sosteniendo la cabeza entre sus manos, empezó a llorar. Mina nunca había visto a su primo, siempre tan alegre, en ese estado.

– Cuéntame, Alan, ¿qué pasó? –  Se acercó a él y le dio uno suaves golpes en la espalda, animándolo a continuar . Sin levantar la vista del suelo, su primo continúo.

– Yo no sabía que era una hija no deseada, por eso me extrañó cuando, tras la fiesta, su familia y ella se quedaron formando un círculo con otras familias en el centro de la plaza. Mamá y papá me llevaron hacia casa, pero aprovechando un descuido, volví a Setmor a buscar a Maggie, ya que le había prometido que le dejaría jugar con uno de mis juguetes nuevos. Y entonces lo vi…. – Alan levantó la vista hacia su prima y, con lágrimas en los ojos, le miró fijamente – Sé que le hacen a los niños no deseados, Mina.

– ¿Qué les hacen? ¿Qué es lo que vistes, Alan? – dijo Mina, aterrada.

– Los matan, Mina, los matan – dijo, echándose a llorar. Entre sollozos, continúo hablando – llegué a la plaza cuando sólo quedaban las familias que no habían cumplido su cometido. Vi como dos guardas cogían a Maggie y, ante sus padres… ante sus padres… – no pudo continuar, la voz se le quebró y lloró con más fuerza. Mina le abrazó y acarició su espalda.

– Alan… lo siento… siento mucho que hayas visto todo eso…

– Tengo miedo, Mina, tengo mucho miedo – dijo entre sollozos.

– No debes tenerlo, cariño, tus padres han cumplido con… – Se separó de ella y, mirándola fijamente a los ojos, negó con la cabeza.

– Mis padres tenían asignado tener un niño y una niña, aquella misma noche se lo pregunté…

– ¡Pero ya tienen un niño y una niña! Han cumplido con su… – Alan le cortó la palabra.

– Sí, Peter y Sally. Yo soy el segundo varón. Soy un hijo no deseado, Mina. Este año he cumplido 7, al finalizar la fiesta debo quedarme en el círculo a esperar… a esperar mi destino. – Mina se quedó perpleja. Lo miró fijamente sin lograr asimilar todo lo que había descubierto. Le parecía increíble como un niño de apenas 7 años podía haber logrado, no sólo desenmascarar el secreto mejor guardado de sistema, sino ser consciente de que al año siguiente correría la misma suerte que los niños a los que había visto asesinar. Su primo siempre le había parecido un niño maduro para su edad, mucho más inteligente y espabilado que niños mucho mayores que él, pero ahora mismo se sentía estúpida a su lado.

– No, Alan. No pienso dejar que te hagan eso, no… – dijo secándole las lágrimas de las mejillas, éste le sonrío y Mina pudo apreciar como su mirada de relajaba: el pequeño se había librado de un gran carga.

– Debemos salir de Liversville, escondernos en algún pueblo cercano.

– ¿Dónde vamos a ir, Alan? Todo el mundo sabe que detrás de las montañas sólo hay desierto, no quedan pueblos vivos a kilómetros a la redonda. Nos moriríamos antes de  llegar a ningún sitio. Debemos quedarnos aquí, podemos hablar con algún gobernante y pedir clemencia – Alan la miró con miedo y se apartó de ella.

– ¡NO! ¡No, Mina! No pienso seguir aquí, no sabiendo lo que me van a hacer. ¿Tu dejarías que mataran a tus hijos? ¿Tan poco querrás a tus hijos que los dejarás matar solo porque ellos no querrán que los tuvieras? – Mina sabía que su primo tenía razón, pero estaba aterrada. ¿Dónde iban a ir? No conocía nada que no fuera Liversville, jamás habían salido de del pueblo y en la escuela le habían enseñado que salía de allí era un suicido. No sabía que hacer…

– No podemos…. no podemos atravesar toda la plaza y huir por las montañas ahora mismo, Alan. Nos verían, descubrirían nuestras intenciones y nos detendrían… Además, tenemos que llevarnos provisiones, algo que comer, algo con lo que… Pff, no puedo Alan, no puedo – Mina estaba exhausta, no lograba asimilar todo lo que le había dicho su pequeño primo… o tal vez no quería creer que aquello era verdad. No se veía con valor como para, en ese preciso instante, dejar atrás todo lo conocido: su hogar, su familia, sus amigos, Vicent… y huir hacia vete a saber dónde para salvar la vida de su primo.

– No vengas conmigo, entonces, Mina. Pero yo me voy. Llevo un año buscando una manera para salir de aquí sin que me descubran y la he encontrado: por esta misma cueva se puede llegar hasta detrás de las montañas. Justo en una zona en la que no te pueden ver desde el pueblo. He estado varias veces allí y tengo dos mochilas llenas de comida esperándonos fuera. Tenía la esperanza de que me acompañaras… pero no pienso quedarme aquí y si tengo que irme solo… lo haré – Mina lo miró sobresaltada. Había en su manera de hablar una determinación que le hizo avergonzarse de su cobardía. Alan se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla – Te quiero, Mina. Espero que seas capaz de hacer esto por tus hijos, espero que los salves. – Tras una mirada cargada de ternura, se encamino por el interior de la cueva.

– ¿Adónde vas, Alan? – sabía que ir por esa cueva era peligroso: llevaba hasta lo más profundo de las montañas y un sólo resbalón podría hacerlo precipitar hacia sus entrañas. La única respuesta que obtuvo fueron sus pequeñas pisadas sobre las piedras. – Oh, maldita sea, ¡espérame! ¡Voy contigo!

Participantes

Irene – Mi rincón de los libros. (cueva)

Leyna – El Rincón de Leyna (sangre)

Taty – Valen más mil palabras

Historias de Fin de Semana

20j2013

Historias de Fin de Semana

– Corre! Corre! – Grito Eineth mientras se alejaba de ella – Ven conmigo!

Juliete se levantó con furia del suelo  y empezó a correr detrás de él. Seguir por aquel camino ya no era seguro, tenían que encontrar algún lugar dónde no pudiera encontrarles la bestia.  Corrieron campo a través, se dirigían al bosque Munthrow. Hacía mucho tiempo que nadie, en su sano juicio, se adentraba en ese bosque maldito, pero a Eineth le pareció buena idea; en la aldea siempre había escuchado que la bestia no podía entrar allí,  aunque tampoco imaginaba que los peligros que les acecharían en el interior de ese bosque eran mucho peores que huir de Hanfur, la bestia.
La oscuridad de la noche hacía que el bosque fuera más peligroso. Einteh agarraba a Juliete de la meno para que no cayera. Ella estaba muy cansada. Llevaban unas cuentas horas andando. Los ruidos que se escuchaban cada cierto tiempo asustaban a Juliete e inquietaban a Eineth.
¿Podemos parar a descansar? –imploró Juliete- Estoy cansada de andar y tengo sueño.
-No, es muy peligroso dormir a merced del bosque. –Eineth siguió tirando de la mano de su hermana pequeña.
Ya no sabían donde se encontraban. Perdieron el rumbo en cuanto el sol desapareció.

-¡He visto una casa! –gritó Juliete y tirando de la mano de su hermano.

Y era de verdad. Juliete había visto una pequeña cabaña abandonada. Eineth decidió pasar allí la noche hasta que amaneciera.

Dentro de la cabaña no había nada, ni muebles, ni rastro de nadie viviendo allí. En una pequeña habitación, que estaba al fondo de la cabaña, se encontraba una pequeña radio. Se acercaron a verla y ver si funcionaba pero antes de llegar a tocarla, esta se encendió sola.

Unos ruidos incoherentes empezaron a salir de la radio. Los dos chicos se acercaron para intentar entender qué es lo que decía, pero al hacerlo sus ojos se abrieron mostrando su miedo. Lo que se escuchaba no eran personas hablando como ellos se esperaban, si no los gritos ahogados de una persona. Juliete gimió y alejándose de la radio, puso sus manos en los oídos para intentar bloquear aquel espantoso sonido.

-¡APÁGALO, EINETH! –gritó la chica.

Su hermano volvió la mirada a la radio y empezó a tocar todos los botones posibles pero aquel aparato seguía produciendo aquel grito terrorífico. Desesperado, buscó el enchufe al que estaba conectada, pero su asombro creció al darse cuenta de que ni siquiera estaba conectada.

-Juliete, tenemos que irnos.

El chico agarró a su hermana, arrastrándola hasta la puerta por la que habían entrado, pero cuando fueron a abrirla, estaba cerrada. Fue a coger a Juliete para buscar otras salidas cuando vio que su hermana se había alejado de él y estaba mirando, muy concentrada, una mariposa de colores brillantes y llamativos. El chico también se la quedó mirando y, de repente, la mariposa expulsó un extraño gas que se introdujo en el cuerpo de los chicos, provocando que cayesen al suelo, desmayados.

Juliete se despertó en una habitación, parecida a la de un hotel. Eineth estaba dormido a su lado. Al menos, el ruido infernal de aquella radio no estaba allí con ellos. Juliete se levantó de la cama en la que estaban y recorrió la habitación. La pintura de las paredes estaba descascarillada, obviamente. No había ventanas, ni escuchaba ningún sonido que le indicara dónde podrían estar. Juliete despertó a Eineth zarandeándole por un hombro.

-¿Qué? ¿Qué?-preguntó adormilado.

-Eineth, ¿dónde estamos?-preguntó ella.

Eineth se incorporó y buscó por toda la habitación algo que les indicara dónde se encontraban. Se acercó a la puerta, escuchando tras de ella.

-No pueden encontrar el libro. Como lo encuentren, estamos perdidos.

-Venga ya, Dawson. Son unos críos-interrumpió una voz femenina.

-Pero…el libro…-seguía Dawson.

-Cállate. Nos pueden oír. Dudo que sepan nada sobre él. Si sus padres no les dijeron nada, yo tampoco. Vigílales, Dawson. No quiero que se escapen. Son nuestra moneda de cambio.

-Si lo encuentran, será tu culpa -espetó Dawson, y sus pasos resonaron en la habitación.
Alguien resopló y gruñó enfadado.

-Eineth, ¿qué esta…?

-Shhhh – susurró él, poniendo su dedo índice sobre sus labios- no puedes hablar, ¿de acuerdo Juliete?

Unos pasos se acercaban hacia su puerta. Eineth lució alarmado, y retrocedió en el suelo a gatas. Cogió a su hermana por el brazo y la arrastró hasta el fondo de la habitación. Algo golpeó la puerta, y como instinto de protección, Eineth se abalanzó sobre Juliete, arrinconándola en el suelo.
Se mantuvieron en silencio, hasta que la voz volvió a hablar:

-Seguirán dormidos –refunfuño. Ahora su voz sonó más lejana:- ¡Dawson! Te dije que vigilaras a los chicos. ¡Dame ese aparto con ese cable infernal!

-Roald, este aparato se llama reproductor de música. Sirve para escuchar música, y ese cable infernal son los auriculares.

-¡A vigilar he dicho! Si esos niños despiertan, me llamarás. ¿Entendido?

No respondió.

-¿Entendido? –gritó más fuerte.

-Sí, lo que tú digas.

Se volvieron a oír pasos en la habitación, y luego un fuerte portazo.

-Cretino –espetó Dawson.

Eineth permaneció en esa posición hasta que estuvo seguro de que el ruido no tenía que ver con ellos. Tras conseguir que Juliete se quedará quita y callada dio unas vueltas por aquella habitación intentando encontrar algo que les ayudara a escapar.

Estaba a punto de mover una cama cuando oyó voces lejanas fuera de la habitación.

-¿Cuanto tiempo los vamos a dejar ahí? Digo yo que en algún momento tendrán que comer y esas cosas- Por la voz el hombre que había hablado era el tal Dawson.

-Ya lo había pensado, dentro de diez minutos mandaré a Susan para que hable con ellos y así estaremos seguros de que no nos ocultan información. Además de todas formas mañana estarán muertos- Esta vez era el tal Roald quien había hablado, pero a Eineth no se le habían olvidado las ultimas palabras que habían dicho y en cuanto las voces se alejaron movió la cama y encontró una trampilla. Cogió a Juliete de la mano y cuando estaban a punto de entrar la puerta se abrió de golpe.

Rápido Susan ponles las esposas y que no se muevan de allí-Dijo un hombre gordo que debía de ser Roald.

Susan los esposó a ambos a las patas de la cama y les dijo que se quedasen quietos y calladitos, justo después salió por la puerta y Eineth escuchó como giraba la llave en la cerradura.

– ¿Qué vamos a hacer para salir de aquí? Eineth tengo miedo – Juliete le susurró a su hermando a la vez que se acercó más a él.

– No lo sé, pero si nos esposaron cuando íbamos a abrir la trampilla es que ahí hay algo, tenemos que abrirla – Eineth contestó a su hermana y se giró hacia la trampilla.

Esta tenía una pequeña asa por la que tirar para abrirla y Eineth intentó meter el pie por ahí para tirar. Las esposas le hacían daño en las muñecas pero no había manera de quitárselas.

– Para Eineth, viene alguién – Juliete golpeó ligeramente a su hermano en el hombro para que parase.

Justo cuando Eineth volvió a la posición en la que se había quedado cuando Susan los esposó entró por la puerta el hombre gordo, Roald; Susan venía detrás de él. La mujer se acercó a los chicos y les cubrió la cara con una bolsa, después les quito las esposas y Roald les indicó que se levantaran. Ambos adultos los condujeron hasta lo que supusieron que era un coche por el sonido del motor, los subieron y el vehículo arrancó para llevarlos a algún lugar lo suficientemente importante para que no supieran como llegar

Llevan a Eineth y Juliete a un claro oculto en el bosque. Les sientan en unas sillas muy viejas enfrente en una pantalla.
Les quitan las bolsas de la cabeza y cuando logran ver la pantalla, comienzan a salir imágenes. Unas horribles imágenes. Juliete agarra la mano de su hermano. Se miran mutuamente y vuelven su mirada a la pantalla. Ven imágenes de una manda de lobos atacando a un pobre muchacho. Luego otras imágenes muestran al mismo muchacho transformándose en un lobo y sale de caza. Ataca a vacas, ovejas… Todo tipo de animales. Pero no se sacia hasta que no ataca a una joven hermosa. Juliete suelta un grito y se abraza a su hermano Eineth. El chico observa a las personas que los han atrapado.

-Podemos irnos, están distraídos. -Susurra Eineth al oído de se hermana.
Se levantan con sumo cuidado, y corren por el bosque. Corren durante varios kilómetros, y encuetran la casa en la que les atraparon.

-¡Vámonos de aquí! -Dice Juliete nerviosa.

-No. Vamos ha mirar esa trampilla.

Agarra a su hermana del brazo y entran en la casa. Buscan la habitación y finalmente la encuentran al cabo de cinco minutos. Mueven la cama y la colocan en la puerta para que nadie entre. Eineth coloca su oreja en la trampilla, de ella salen unos ruidos un tanto raros.

-Eineth… Tengo miedo. -Dice Juliete.
-Tranquila. Vamos a estar bien. -Responde su hermano.
Agarra la manilla que tiene la trampilla y la levanta. Hay una especie de habitación, suenan unas cadenas y se ve al chico de  las imágenes.

-¡Por favor ayudarme! -Chilla el chico.
Eineth le extiende su mano, y el desconocido la agarra y le suben a su misma habitación. Entonces al chico le comienzan a dar espasmos, y rápidamente Eineth y Juliete apartan la cama de la puerta, y esta se abre de golpe. Aparecen todas esas personas, y están dispuestos a luchar. Pero suenan las cadenas que caen al suelo, los muchachos se dan la vuelta con mucho miedo, y ese hombre lobo se avalanza sobre los perseguidores, arrancándoles las vida y desfigurándolos. El hombre lobo se gira y les mira con frialdad, ahora va a por ellos. Se apresura a ir primeramente a por Eineth que lucha un poco, y da un poco de tiempo a su hermana para huir. Cuando la muchacha sale de la cabaña suenan los gritos de su hermano torturado por esa bestia. Finalmente los gritos se paran y con ese silencio, se va un alma joven, valiente e inocente. Ahora es el turno de Juliete, que se le va la vida cuando la bestia la parte el cuello.

Participantes

Irene – Mi rincón de los libros (radio)

Patri – Las 5 piedras de Afrodita (mariposa)

Beatrice – Tu mirada me hace grande (libro)

Annie-Azucarillos y Dientes de León (auriculares)

 Tris Fairchild- Nephilim Osada (esposas)

La chica de la sonrisa verde (bolsa)

Elena Darson – Desperate Knife (pantalla)

Gabriela y Esti – La vida de Clove

 

Historias de Fin de Semana

13j2013

Era tarde. Como muchas noches de invierno mis preocupaciones no me dejaban dormir. Subí en silencio las escaleras y abrí la puerta de la buhardilla. Estaba muy oscuro, pero la pequeña ventana que daba a la calle dejaba entrar un hilo de luz que dibujaba una línea amarillenta en el suelo de la sala. Lo seguí con la mirada y me senté justo en el punto en que la línea empezaba a trepar por la pared.

El viento azotaba la casa con fuerza, y a través de las bisagras de las ventanas se colaban pequeñas corrientes que invocaban el ulular de los búhos como un cántico gregoriano. Las sombras de la buhardilla parecía bailar al ritmo de este sonido, emergiendo de todos los rincones, tratando de alcanzarme con sus afilados y escurridizos dedos. Cerré los ojos, y las lágrimas empezaron a caer a raudales por mi rostro y a precipitarse al vacío al caer desde mi barbilla. Apoyé la cabeza sobre las rodillas y dormité lo que parecieron unos segundos.

La lluvia acariciaba mi rostro. Miré al cielo, claro y azul, y la luz del sol atravesó mis pupilas. Era ilógico, un tiempo demasiado agradable a excepción de la suave lluvia que empapaba mis ropas lentamente. Comencé a caminar por la fresca hierba, la cual se colaba entre mis dedos provocándome un dulce cosquilleo. Aquella tranquilidad que me inundaba era lo que necesitaba para no pensar en nada, para vivir en paz. Un fuerte sonido me despertó de mi placentero sueño, devolviéndome a la oscura realidad. Me levanté del suelo y me asomé por la ventana, logrando divisar una extraña figura que parecía observarme desde el exterior. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al sentir su mirada. Era demasiado tarde y estaba muy oscuro, no sabía quién era aquel misterioso individuo. No me quedaba más remedio que salir a averiguarlo.

Antes de poder imaginar quién podría ser, recordé que era imposible que alguien hubiera llegado hasta ahí. ¿Quién querría verme? Mis preocupaciones se esfumaron por unos segundos mientras entrecerraba los ojos para poder distinguir aquella misteriosa y oscura figura a través del cristal sucio de la ventana. La poca luz acariciaba las formas y pliegues de una chaqueta y me dio una vaga idea de cómo sería el cuerpo de aquel misterioso visitante. La culpa me golpeó de nuevo al darme cuenta de que, esa persona, ese hombre, era la causa de mis preocupaciones y de mis grandes temores…

La poca luz que entraba por la ventana titiló un segundo e hizo que cerrara los ojos. Cuando los abrí de nuevo temía que esa persona se hubiera esfumado, pero no, seguía allí. Quieto. Observándome. Había descubierto ya quien era pero las lágrimas que aun seguían cayendo por mis ojos me hacían dudar.

-Lo siento –Escuché de fondo, di media vuelta y me volví a acercar a la ventana de la buhardilla.

Sí, era él. Después de tanto tiempo, ahí estaba. Bajo mi ventana. Pero no quería creerlo, me costó olvidarle. Me hizo daño, mucho daño…

Una nueva lágrima, iluminada por la suave luz de la luna, rodó por mi mejilla y, aunque suene egoísta, sentí pena por mí misma. Nadie debería llorar el día de su cumpleaños. Pero ahí estaba él, invocando mis lágrimas. Cerré los ojos y ese gesto solo hizo más patentes los recuerdos del dolor: un grito, un golpe, luego otro, el miedo envolviéndome… Dolor.  Volví a abrirlos para enfrentarme a su figura. No era un misterio para mí porque había escogido este día para visitarme. Ahora era mayor de edad, podía escoger volver a su lado o seguir apartada de él.

-Lo siento –repitió con voz trémula –Cariño, baja. Abre la puerta.

El sollozo que llevaba tiempo intentando contener escapó de entre mis labios. Dos años luchando para que el olvido se llevase mis recuerdos y ahora ahí estaba él, trayéndolos de vuelta, destrozando en mil pedazos la tranquilidad de la noche, entorpeciendo la delicada danza de los rayos de luz de la luna.

Salí corriendo hacia mi habitación, dejando atrás al hombre que me tan brutalmente me había arrancado la infancia. Esa fue la última vez que vi a mi padre.

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